La ciencia, nuestra aliada

La ciencia está de nuestro lado 

Por Clara Rubinstein, Presidente de ILSI Argentina. Doctora en Ciencias Biológicas en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, editora científica de Infoalimentos. 

Marzo, 2020

Se tardaron cientos de años en descubrir el origen de la fiebre amarilla, 19 años para confirmar el descubrimiento y 37 años para poder contar con una vacuna. Comparando estos lapsos de tiempo con la pandemia que nos afecta hoy, vemos que el avance del conocimiento científico y tecnológico es lo que permitió conocer el origen de la epidemia y la secuencia del virus a sólo menos de dos meses desde el reporte de los primeros casos y podríamos tener una vacuna en 1 año. La forma en que estos tiempos se han acortado de manera impresionante nos debería ayudar a revalorizar el papel de la ciencia colaborativa. Sería también una consecuencia deseable de esta experiencia que nos toca atravesar re-pensar la importancia de aplicar el sentido común, el pensamiento crítico y la confianza en los expertos reales. La ciencia es nuestra aliada, no la hagas a un lado.

La pandemia que está atravesando el planeta nos interpela respecto de otros problemas que nos afectan hace ya tiempo, y que deberíamos también atender si pretendemos manejarla razonablemente. En efecto, vivimos en un mundo “enfermo” de desinformación, de negacionismo de la ciencia, que desprecia a los verdaderos expertos y prefiere escuchar a los falsos. En estas horas, es más crítico que nunca ayudar a comprender la importancia del trabajo colaborativo y revalorizar los avances que se han logrado en los últimos 150 años en términos de investigación científica y tecnológica, para reflexionar sobre algunas tendencias y movimientos -como el anti-vacunas- que surgen del miedo y la desconfianza, pero que nos llevan al pasado y nos ponen en peligro.

Una historia que puede ayudarnos a poner en perspectiva dónde estábamos hace sólo 150 años y dónde estamos hoy, es la de la fiebre amarilla. Esta es una enfermedad que afecta a múltiples órganos, pudiendo causar hemorragias severas. Durante siglos, la fiebre amarilla causó trágicas epidemias en muchas regiones, y su forma de transmisión era un misterio que fomentaba todo tipo de mitos y supersticiones. Una de las cosas que resulta más fascinante sobre el trabajo científico es el proceso de un descubrimiento y en este caso, es interesante saber cómo se pudo llegar a entender que la enfermedad era transmitida por un mosquito.

Carlos Finlay fue el médico cubano que propuso la teoría del mosquito-vector en 1881, gracias a su poder de observación y una gran intuición. El Dr. Finlay examinó muestras de enfermos que mostraban que la enfermedad afectaba los vasos sanguíneos y pensó que una de las formas más “efectivas” de pasar el agente (todavía no se sabía que era un virus) de una persona a otra, sería mediante la picadura de mosquitos. En efecto, pruebas en voluntarios corroboraron esta hipótesis. El Dr. Finlay compartió rápidamente sus hallazgos, publicaciones y hasta muestras de huevos de mosquitos infectados, con los médicos de EEUU que estaban trabajando en la enfermedad. Sin embargo, su trabajo fue ignorado y ridiculizado, y sólo 19 años después, el Dr. Walter Reed confirmó las investigaciones de Finlay. Esto hizo que se tomaran medidas para el control de mosquitos, lo que en el término de 6 meses permitió controlar la fiebre amarilla en La Habana por primera vez en la historia.

La integridad científica y la tenacidad del Dr. Finlay fueron fundamentales para avanzar en el conocimiento y control de la enfermedad, mucho antes de que existiese una vacuna, lo que ocurrió recién en 1937, por lo que Max Theiler recibió el Premio Nobel en 1951. Asi y todo, se estima que hay aproximadamente 200.000 casos y 30.000 muertes cada año en poblaciones no inmunizadas.

En cuanto a pandemias, como se sabe, una de las más devastadoras fue la Gripe Española en 1918–1919, que mató a más de 20 millones de personas a nivel global. Las investigaciones sobre el agente etiológico comenzaron en esa época, sin embargo recién en 1933 los investigadores ingleses Wilson Smith , Christopher Andrewes y Patrick Laidlaw, aislaron el virus de la influenza A [1920], y la primera vacuna estuvo disponible en 1938 [2425].

Ya en este siglo, el caso de la gripe H1N1 en 2009 nos muestra que la vacuna fue desarrollada en tiempo récord y que ésta y las vacunas para la gripe que se desarrollan cada año, han sido posibles gracias a todo lo avanzado durante los últimos 150 años y en especial durante los últimos 50, en los que avances en inmunología, virología, tecnologías de ADN recombinante y capacidad de secuenciación permitieron tener hoy la esperanza de contar con una vacuna para enfrentar el SARS-Covd-2 en el corto plazo.

Comparando estas historias con la pandemia que nos afecta, es el avance del conocimiento y la tecnología lo que permitió a los investigadores conocer el origen de la epidemia (murciélagos) y la secuencia del virus a menos de dos meses desde el reporte de los primeros casos, en diciembre de 2019.


Frente a los cientos de años sin saber el origen de la fiebre amarilla, los 19 años que se necesitaron para confirmar el descubrimiento y los 37 años que pasaron para poder contar con una vacuna, observar la forma en que estos tiempos se han acortado de manera impresionante en las décadas siguientes, nos debería ayudar a revalorizar el papel de la ciencia colaborativa.


Re-pensar la importancia de aplicar el sentido común, el pensamiento critico y la confianza en los expertos reales, sería también una consecuencia deseable de esta experiencia que nos toca atravesar.


Lecturas recomendadas

- MILITARY MEDICINE, 170, 10:881, 2005 Carlos Finlay and Yellow Fever: Triumph over Adversity Guarantor: Enrique Chaves-Carballo, M.
- Bowers, J.Z., and E.E. King. 1981. The conquest of yellow fever: The Rockefeller Foundation J. Med. Soc. N. J. 78:539–541. [PubMed] [Google Scholar]
https://www.researchgate.net
https://www.historyofvaccines.org/timeline/all

Imagen de portada: Freepik.es

  

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